Partida inminente
Sobre la espera o salir en busca
¿Qué tendrán las estaciones de tren para hacer que se abran todas las puertas de golpe, para inundarse de tan peculiar sentido de la posibilidad? Como si todo fuese ejecutable, como si todos los caminos pudiesen recorrerse de una sola vez y no hubiese que escoger A o B porque allí arriba, sobre las vías, la vida parece que puede conquistarse de un bocado. Las estaciones de tren son el tiempo detenido, la manecilla del reloj estática, la mudanza en paro. Y, sin embargo, el barullo, el nudo en el estómago, la partida inminente.
De pie, sobre el andén, no puedo evitar divagar sobre la conocida expresión “se te pasó el tren”. Leí por ahí que no se conoce el amor si uno no ha invertido sus ahorros en ferrocarriles de larga o corta distancia para cruzar el país hasta llegar allá donde lo espera la pareja. Siempre pensé que quizás yo no lo haya conocido porque todo romance que ha tocado a mi puerta, como diría mi amiga S., no ha salido nunca de la M-30.
En una nota del móvil escribí en su momento que acaso habría que fijarse en las personas por las que dejamos los trenes pasar. Era algo así: “Es amor quedarse quieto cuando todo te anima a dejarte llevar por la inercia hacia delante. Cuando sientas cabeza, cuando frenas, puede que incluso cuando te tomas un respiro o cuando te quedas quieto esperando sin saber lo que vendrá ni si vendrá”.
Lo leo dos veces, y ya no estoy de acuerdo. El amor es laborioso, conlleva sacrificio y actuar de forma contraintuitiva, salir del cómodo cuartelillo del yo; no para buscar, sino para entregar, para entregarse. Que el amor no es otra cosa que salir en busca, dar cuando no piden, decir cuando el otro calla o, incluso, hablar cuando el cuerpo te pide que por su bien guardes silencio.
Y todo esto, claro, te lo enseñan los trenes. Porque hay que subirse. Y uno se resiste, juega al despiste con las puertas en esa prórroga en la que no sabes cuándo se van a cerrar. Pero lo cierto es que se cierran, siempre acaban cerrándose. Y un tren perdido es una faena. Pero supongo eso sólo se aprende viendo a otros disfrutar del viaje.
Sí que confío, no obstante, y puede que por haber recalado en determinados derroteros, en que los trenes siempre, siempre pasan dos veces. En ocasiones arriban a destino periódicamente, como un correo electrónico programado a tu yo de cinco años vista. Y puede que el tiempo nos haya entrenado en dejarlos pasar, que nos hayamos convencido de que puede que haya amores a los que no estamos destinados a entregarnos. Pero eso, por suerte, no significa que los trenes dejen de pasar. Y si vuelve hay que subirse al primer vagón que abra las puertas. Aunque haya dudas, aunque la incertidumbre nos abrase por dentro, envidar a grande, apostarlo todo. Pero sólo cuando merece la pena; algo que se sabe pronto, que se sabe dentro, en la entraña. Y si el vientre te dice que te subas, debes hacerlo con decisión: mirada firme, palabra directa. Ya decidirá el tiempo nuestro destino. La cosa es lanzarse a la aventura, que siempre fue mejor opción que quedarse quieto.



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